El año pasado no pudo ser por las lluvias, este año el tiempo ha sido espectacular. Empezó con una mañana fría, los campos con escarcha por la helada nocturna, sin embargo, una vez en la finca de nuestros amigos de trufa pasión, la temperatura fue volviéndose más agradable y no hicieron falta gorros y guantes.



Mario nos explicó el ciclo vital de la trufa, de la especie tuber melanosporum, el oro negro de nuestros montes. La importancia de las lluvias en primavera, y de las tormentas de verano y cómo afecta el cambio climático a su producción y, mediante el riego como se intenta paliar sus efectos. Nos mostró cómo se crean los plantones de quercus para hacer las plantaciones truferas, y el tiempo que se necesita para que un pequeño árbol, llegue a producir trufas.



Después, llegó el momento más emocionante. Sugus, el perro trufero al que ya conocimos hace dos años, la primera vez que acudimos desde la asociación MicoCampo a esta plantación en Estadilla, nos mostró de forma infalible dónde estaba exactamente el preciado fruto de este hongo. Al abrir Mario la tierra para su recolección, el intenso aroma de la trufa invadía el aire de nuestro entorno, y todos pudimos disfrutar de él. ¿Cómo definir ese aroma? Para mí es fácil, la trufa huele a trufa. No hay nada que se le parezca, y una vez la hueles, se incrusta en nuestro pensamiento. Es un olor inolvidable. Continuamos la mañana en la plantación recolectándolas nosotros mismos. Algunas se encontraban a unos escasos centímetros de la superficie, otras se hacían de rogar, y en ese caso, Sugus acudía en nuestra ayuda para indicarnos su situación.
El final de la mañana transcurrió en el obrador, donde aprendimos aspectos fundamentales sobre la limpieza y conservación de la trufa. Creo no equivocarme si afirmo que no nos fuimos ninguno sin una preciosa trufa para nuestra casa.


Muchas gracias, Raquel y Mario, por la preciosa experiencia, por permitirnos experimentar la emoción de la búsqueda y de la recolección de este maravilloso hongo por nosotros mismos.